APRENDER A CALLAR: Decir lo que piensas tiene un precio

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

Estábamos en la radio, con un invitado, hablando de música. O eso creíamos. Porque, como suele pasar últimamente, a los diez minutos ya no hablábamos de música, sino de otra cosa.

La ideología está ahí. La articulamos, consciente o inconscientemente. Siempre acabamos ahí. Puedes empezar comentando un track, una sesión, una carrera, y de repente aparece una pregunta incómoda. De esas que nadie quiere formular en voz alta pero que todos han pensado: ¿por qué este artista, completamente desconocido hace dos meses, está ahora pinchando con tal figura consolidada?

¿Es talento? ¿Es contexto? ¿O es otra cosa?

O en otro plano: ¿por qué alguien empieza a decir exactamente lo que su público espera que diga?

¿En qué momento el discurso se ha convertido en una extensión del fandom?

Pienso en cuando ciertos artistas hablan. Más allá de lo que dicen, lo interesante es otra cosa: la imposibilidad de saber desde dónde están hablando. Si es una opinión real, una rectificación, una defensa o una estrategia.

Todo se mezcla. Ya no está claro qué es convicción, qué es cálculo, qué es personaje.

Y ahí quizá está el cambio: ya no discutimos lo que se dice, sino la intención que hay detrás. Y esa intención siempre es sospechosa.

Ese pequeño gesto —plegarse, ajustar el discurso, suavizar la arista— hoy pasa por inteligencia. En realidad, es simple adecuación. Y en ese punto la conversación se tensa. Porque no hay forma de plantearlo sin parecer sospechoso.

Vivimos en una cultura donde señalar lo evidente puede costarte más que callar. Y eso tiene consecuencias.

Una de ellas es que ya no sabemos si estamos celebrando el talento o cumpliendo con una cuota simbólica. Y lo peor: al subrayarlo constantemente, no se está ayudando a nadie. Se está marcando. Separando. Es otra forma de paternalismo.

Pero nadie quiere decir esto en voz alta, porque todos sabemos lo que pasa después.

Señalar lo que ocurre tiene un precio: menos bolos, menos invitaciones, menos presencia.

El problema no es que exista una ideología. Eso es inevitable.

El problema es que lo permea todo hasta el punto de volverse incuestionable.

Y cuando algo no se puede cuestionar, deja de ser cultura para convertirse en dogma.

Pero hay otra capa:

No todo el mundo está igual de expuesto a ese margen. Hay quien puede tensarlo.

Hay quien, por posición o por visibilidad, podría permitirse decir algo más. Y, sin embargo, tampoco lo hace. No por censura directa. No porque alguien se lo impida. Sino porque incluso ahí sigue siendo más rentable no incomodar.

La adecuación no solo se impone.

También se elige.

Y eso es lo verdaderamente inquietante. No la censura explícita, sino la que ya no hace falta ejercer. La que hemos interiorizado.

El profesional que se corrige antes de hablar.

El artista que ajusta su discurso antes de presentar su obra.

El periodista que suaviza su crítica para no quedarse fuera.

Nadie te obliga. Pero todos saben hasta dónde pueden llegar.

El margen de lo aceptable se ha estrechado tanto que cualquier desviación genera alarma. Y, aun así, dentro de ese margen reducido, se escenifica un supuesto debate plural. Una ilusión. Porque las premisas ya están acordadas.

Y así, poco a poco, la industria ha dejado de premiar el riesgo para premiar la compatibilidad.

No se selecciona a los mejores, sino a los más adecuados. A los que no incomodan.

Más que una industria cultural, parece un sistema de validación simbólica.

En un sector precario, la gente se adapta.

Por supervivencia. Por seguir dentro.

Se aprende rápido que es mejor no molestar.

Que es mejor repetir lo que se espera de ti.

Que es mejor pertenecer que decir lo que piensas.

Y quizá tampoco compensa decirlo.

No por convicción.

Por miedo.

Porque la verdad incomoda.

Y hoy incomodar es más peligroso que ser mediocre.

Esto tiene otra consecuencia: ya no hacemos obras, hacemos contenido.

Piezas diseñadas para no molestar a nadie y, por tanto, para no importar demasiado.

La cultura, que debería incomodar, se ha vuelto blanda.

Algo que alivia, pero no transforma.

Y el artista, que necesita cierta validación para existir, se vuelve especialmente vulnerable.

Aprende a hablar como debe.

A opinar como toca.

A representar un papel.

Porque si no lo hace, desaparece.

Lo más inquietante es que muchos acaban creyéndoselo.

Y en ese punto ya no sabemos distinguir entre ironía y convicción, entre cálculo y verdad, entre personaje y persona.

Todo ocurre en el mismo plano.

Y en ese plano, cualquier gesto puede ser leído como posicionamiento.

Quizá la pregunta no es solo qué podemos decir.

Quizá la pregunta es si alguien, pudiendo hacerlo, está dispuesto a decir algo que realmente importe.

O si, al final, todos estamos aprendiendo lo mismo:

callar.

 

Cuéntanos que te ha parecido este contenido:

¿ Cuantas estrellas crees que nos merecemos ?

Este artículo tiene una media de 0 estrellas

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Ya que has encontrado útil este contenido...

¡Síguenos en redes sociales!

¡Siento que este artículo no te haya sido útil!

¡Déjame mejorar este contenido!

Dime, ¿cómo podemos mejorar este artículo?

Alejandro Serrano

About Author /

Escribe y pulsa Intro para buscar