Daniel Caballero: «A mucha gente le gusta jugar a ser artista. No a crear arte”
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Hay periodistas que escriben de música y periodistas que escriben de lo que la música deja ver. Daniel Caballero es de los segundos. Empezó en el rap, y desde ahí ha ido tirando del hilo: las listas editoriales de Spotify, la inteligencia artificial, el ragebait, la nostalgia, los contratos y las contradicciones de quienes viven dentro del sistema. Colabora con medios como Mondosonoro, Fleekmag o El Plural, hace el podcast La Azotea y tiene una virtud cada vez más rara: no le tiembla la voz cuando toca señalar algo.
Hablamos de todo eso, y de algunas cosas más. De por qué el hip hop te hace sentir un superhéroe con los auriculares puestos. De «jugar a ser artista» frente a crear arte. De la herencia métrica de los influencers que se pasan a la música. De por qué hoy gritar sin matiz sale más barato que callarse. De qué cuesta publicar algo incómodo y seguir entrando en los mismos círculos. Y de qué película de terror sería la industria musical, que ya adelanto que no es la que esperaba.
No hay consenso ni tesis cerrada, pero sí una idea que se repite por debajo de todas las respuestas: la música existe cada vez más para alimentar a la industria, y no al revés.
Empezaste escribiendo de rap, y desde ahí te has ido metiendo con todo: plataformas, redes, salud mental, política. ¿Qué te dio el hip hop que no crees que te hubiera dado empezar por otro género? ¿Hay algo en esa cultura —la exigencia de autenticidad, el tener que demostrarlo con hechos y no solo con discurso— que te haya marcado la forma en que miras el resto de la industria?
Para mí el hip hop es el género que da más energía, a mí y a mucha gente. Yo, por ejemplo, soy delgado, no tengo mucha masa muscular ni nada de eso, pero escuchas hip hop y te conviertes en un superhéroe, ¿sabes? Vas por la calle con canciones de hip hop y te sientes empoderado. Esa fuerza, esa chispa, esa electricidad que te corre por las venas con el rap es lo que más me ha marcado, y creo que es el signo de identidad de esa cultura.
Y si hay algo que ha marcado cómo miro la industria es que el rap, aunque empezó como algo lúdico, de las fiestas del barrio, tiene la queja como esencia. Ahí periodismo y rap son primos: los dos critican el sistema, son exigentes con él y denuncian la injusticia. Y, aunque parezca obvio, es antirracista. Parece que eso se olvida, pero el rap es antirracista y la gente debería serlo. Desafortunadamente no siempre pasa, pero bueno, el mundo está loco
Lo de la lista de Spotify y la artista de IA que colaron entre los «expertos» es un notición absurdo. Hace tiempo lancé una pregunta en Casa en Llamas que creo que viene muy a cuento: ¿la industria musical existe para que exista la música, o la música existe ya para alimentar a la industria? Con lo de Spotify parece que la respuesta es bastante clara. ¿Tú dónde ves el punto en el que se invirtió esa lógica?
La industria musical existe, principalmente, porque existe el capitalismo. Y como cualquier industria capitalista, extrae valor del trabajador y de su fuerza laboral. La música no debería existir para alimentar a la industria, pero hoy en día creo que es lo que está pasando.
Muchos artistas lo hacen de forma inconsciente, porque tienen metido en la cabeza el veneno de la productividad: hay que hacer tantas canciones como sea posible a la semana, hay que publicar. Eso es lo que alimenta a la industria, que aprovecha ese impulso, aprovecha tus datos, aprovecha lo que subes. Entrenan sus modelos con lo que la gente sube, con las canciones que suben los artistas.
Para mí, la industria musical es una manifestación típica del capitalismo, y mientras exista el capitalismo seguirá existiendo, a veces sin más valor que el dinero, porque su ideología no es ni la música ni la cultura. Su ideología es el dinero. Y creo que seguirá siendo así. Para ser sincero, soy bastante pesimista al respecto.
Hablas del arte convertido en una forma de sentirse especial antes que en obra en sí. Jaymie Silk me decía algo parecido: que ser «artista» se ha convertido en una identidad que se performa más que se ejerce. ¿Dónde pones tú la línea entre alguien que se llama artista sin más currículum que las ganas, y alguien que usa la palabra como disfraz? ¿O esa pregunta ya es un poco trampa en sí misma?
Eso ya lo dejaba caer Jean Baudrillard con el concepto de simulación. Decía, básicamente, que la sociedad contemporánea ha sustituido la experiencia por símbolos, por imágenes, por signos. Y yo creo que hoy ser artista es un símbolo, algo que la gente performa. ¿Por qué? Porque mucha gente quiere ser como su ídolo. A mucha gente le gusta anunciar un single, jugar a ser artista. Y eso es lo que yo llamo jugar a ser artista: no crear arte, sino jugar a serlo. Anteponen la persona, el individuo, a la obra, que es algo muy del siglo XXI.
Y eso te lleva al exceso de protagonismo: «haz un pre-save de mi canción», «¿qué tema queréis que saque primero, este o este?», y luego hay cinco comentarios. Juegan a ser artistas consolidados, pero en muchos casos es un disfraz.
¿Cuál es la línea? Creo que está en cómo tratas tu obra, en el mimo y la seriedad que le pones, y sobre todo en no querer ser más protagonista que tu obra. Para mí esas son las dos claves.
Lo de Laura Díaz y el «bautismo» en La Velada como herencia familiar me recordó a una idea que planteé hace poco a partir de un artículo tuyo, de hecho, y de algunas cosas de David Graeber, sobre si el producto real de nuestro tiempo ya no son las cosas sino la atención. TheMarulina, en otra entrevista, decía que cuando alguien se hace cantante después de haber sido influencer, probablemente no descubre una voz sino que expande una marca. ¿Tiene sentido seguir llamando «herencia artística» a algo que en realidad hereda seguidores y visibilidad, sin que medie ni un disco ni un escenario?
Amigo Alejandro, yo creo que en vez de herencia artística debería llamarse herencia métrica: una herencia de visualizaciones, ¿no? Porque lo que hace esta gente, cuando un influencer se pasa a la música, es trasvasar a su público de una plataforma a otra, a YouTube, a Spotify y demás. Eso es lo que ocurre a día de hoy.
En muchos influencers se nota, aunque hay excepciones: la música es un complemento más. Saben hacer una campaña para un producto de CeraVe o de L’Oréal Paris, y para ellos la música es una herramienta más para tener visibilidad, no una herramienta para crear. Y creo que eso está más claro que el agua.
Escribiste sobre el ragebait y cómo el algoritmo literalmente premia el cabreo. A mí me ha dado por pensar que el ragebait y el silencio son en realidad la misma moneda con dos caras: hablar en serio hoy sale caro, hables para bien o para mal, y también sale caro señalar algo desde dentro de una escena. ¿Tú qué has notado que sale más barato hoy: gritar sin matiz o quedarte callado?
Es buena pregunta. Yo creo que hoy sale más barato gritar sin matiz. Si me lo preguntas hace dos años, te diría que salía más barato quedarse callado: cuando alguien pasaba por una polémica y se callaba, la cosa se olvidaba. Pero ahora vivimos en un mundo tan rápido, donde circula todo tan deprisa y pasan tantas cosas, que el silencio ya es un posicionamiento. La gente exige al artista, o a quien sea, que diga algo si está afectado por una polémica.
Por eso hoy sale mucho más barato gritar sin matiz. Y no solo más barato, también es más rentable. Primero, porque genera más ruido: el ecosistema mediático y las redes sociales funcionan a través del ruido, del ruido sin matiz, y sus algoritmos premian el enfado, premian que provoques a la gente.
Twitter, por ejemplo: el otro día salió cómo funciona, y le da exactamente igual que te insulten. Si la gente te responde, creo que eso multiplicaba tu alcance por diez. Mientras vea comentarios y gente que te cita indignada, Twitter convierte la indignación en visitas. Instagram, más de lo mismo. Al fin y al cabo, esas redes funcionan avivando fuegos, encendiéndolos.
¿Alguna vez has escrito algo que sabías que te iba a costar acceso, entrevistas o buena relación con algún artista o sello, y lo has publicado igual? ¿Cómo se lleva eso en el día a día, teniendo que seguir pidiendo declaraciones o entrando a los mismos círculos después?
Por supuesto. Yo soy periodista: si tengo una información que merece ser contada y que implica a personas públicas, se debe contar, le guste más, menos o regular a quien le afecte. Siempre lo digo: no maten al mensajero. El periodista no es el culpable de publicar algo; el responsable es quien ha hecho esos actos. Si te molesta que se publiquen, pues no los hagas.
Además, hay cierto victimismo mediático entre los artistas: quieren utilizar los medios únicamente para promoción. Pero si eres una figura pública, los medios te van a escrutar, te van a fiscalizar, y si haces algo mal se va a decir. Que los artistas solo quieran a los medios para promocionarse es periodismo selectivo, y eso no es justo.
¿Cómo se lleva en el día a día? Como te decía, si alguien se enfada porque yo hago periodismo, el problema lo tienen ellos, no yo. Y hay casos que lo demuestran. Tuve una movida con Natos y Waor, pero con su agencia tengo una relación totalmente cordial. He seguido entrevistando a artistas de allí, conozco a managers y a gente de prensa y promo, y con varios de ellos tengo una relación fantástica.
En cuanto a lo de los mismos círculos, no sé si te refieres a los físicos, pero yo estoy en Sevilla, no me gustan la discoteca ni las fiestas, y no me quita el sueño no ir a esos ambientes. Sí es verdad que si sales una noche por Madrid o Barcelona, como me ha pasado alguna vez, conoces a mucha gente, pero al final casi nada de eso es productivo. Creo que hay mucho fetichismo de la cultura del contacto en la discoteca. El 80% de mis contactos los consigo desde Sevilla, online, hablando con gente por internet y por WhatsApp, y sin ningún problema.
Lo de que nunca vamos a sentir la música como a los 15 años, por pura biología, me parece un golpe de realidad necesario. Es algo que también ronda mucho por Casa en Llamas: cuánto de lo que se dice sobre «épocas doradas» del rap, del rave, de lo que sea, es en realidad nostalgia adolescente disfrazada de argumento cultural. ¿Cómo distingues tú, escribiendo crítica, cuándo una opinión está bien argumentada y cuándo es solo nostalgia con corbata?
Muy fácil: se distingue en los argumentos, en los argumentos fácticos. La nostalgia son balas de fogueo. Cuando alguien escribe de forma nostálgica se nota que está usando balas de fogueo, no balas argumentales. Pueden hacer mucho ruido, son bonitas, tienen colorines. Me acuerdo de aquellas pistolas de pequeño, que disparabas y saltaba una especie de chispazo y colorines. Pero al final son fuegos artificiales, no argumentos fácticos ni argumentos reales. Yo creo que se distingue por eso, por el tipo de argumentos que se usan.
Lo del «circo» con Delaossa, Lorna, Grimey x Palestina y Madrid Salvaje es un caso perfecto de lo que comentas: el funambulismo moral. ¿Te parece razonable pedirle coherencia total a un artista que vive dentro de un sistema lleno de contratos y fondos de inversión, o esa exigencia acaba siendo una trampa que paraliza cualquier gesto, como dice Frankie Piza? Para ti, ¿dónde está la línea entre la incoherencia inevitable de vivir dentro del sistema y la cobardía directamente?
Yo estoy totalmente del lado de Frankie Piza. Si no, no podemos quejarnos de nada ni ser críticos con nada: si criticamos a Israel pero no a Coca-Cola, si criticamos el capitalismo pero tenemos un iPhone… Entonces no podemos quejarnos de nada, y eso es justo lo que quiere el sistema: que vivas en una contradicción permanente, y que gracias a esa trampa no cuestiones nada.
¿Dónde está la línea? Yo creo que está en lo que te afecta directamente y en los casos flagrantes en los que no puedes mirar para otro lado. No podemos decir que no nos quejemos de la vivienda porque «así es el sistema». La vivienda es un derecho fundamental. No nos quejamos de no poder tener un iPhone 18; pedimos, llámame loco, que cada cuatro paredes haya un techo. Lo mismo soy filocomunista, no sé. Pero creo que hay dos líneas: quejarte de lo que te afecta directamente a ti, y quejarte de las injusticias masivas, siendo un poco empático. El capitalismo ha amputado la empatía porque solo nos hace pensar en nosotros mismos. Lo de Israel, lo que está pasando en Estados Unidos con Trump: cualquier persona con un mínimo de empatía tiene que quejarse de eso. A veces creo que vivimos en un mundo de psicopatía.
En el artículo al que te refieres, cada caso hay que analizarlo, pero son casos muy flagrantes. En el de Delaossa y Lorna, la contradicción está encima de la mesa, no puedes ignorarla: no está escondida. Saltan a la vista. Y creo que por eso, por esas dos cosas, las contradicciones que saltan a la vista y lo que te afecta a ti directamente, ahí es donde está la línea.
Hay una idea que se repite mucho en Casa en Llamas: la del artista que sufre como condición casi obligatoria para que su trabajo se considere «arte de verdad». EME DJ escribió sobre «la trampa del trabajo pasional», esa creencia de que si algo no duele lo suficiente no es labor real; y Sofía Obama planteaba algo parecido: que buscar un trabajo fuera de la música para poder ser «libre» creativamente puede acabar siendo la misma trampa con otro nombre, porque ese trabajo también te quita tiempo y energía para crear. ¿Tú, escribiendo sobre la industria, has notado esa misma idolatría del sufrimiento? ¿Crees que puede llegar a existir una crítica musical o cultural que no dé por hecho que el artista tiene que estar rompiéndose para que lo que hace importe?
Yo creo que al primero al que le importa esta idolatría del sufrimiento es al artista. Me he dado cuenta porque entrevisto a muchos: es el primero que reivindica la total sinceridad de su obra, que nace desde lo más profundo. ¿Cuántas veces hemos escuchado «mi disco más maduro», «me he abierto con el público»? Hay incluso un libro sobre este teatrillo, Yo siendo yo.
No cuestiono el sufrimiento de nadie, ni mucho menos, pero a veces hay un teatrillo: los artistas están obsesionados con parecer auténticos, y una de las vías para alcanzar esa autenticidad es dotar a tu obra de sinceridad. ¿Y cómo se la das? Con sufrimiento. No hay nada más sincero que el sufrimiento. Eso, desde el punto de vista de los artistas.
¿Puede existir una crítica que no dé por hecho que el artista tiene que estar rompiéndose? Perfectamente, y además depende del género. En el rap no es condición imprescindible que el artista sufra: tiene más que ver con la narrativa, los juegos de palabras, las bases, los temas que trate, más allá del sufrimiento romántico. En el pop tampoco importa: lo que manda es la interpretación. Las grandes estrellas del pop interpretan letras que les escriben otras personas, algo normalísimo, igual que en el flamenco, con las letras que le escribían a Rocío Jurado o a Isabel Pantoja. El sufrimiento también se puede interpretar, pero no es una condición para que la crítica valore una obra. Puede existir totalmente una crítica que valide al artista sin que esté sufriendo o rompiéndose.
Soy fan del terror, y no puedo evitar preguntarte esto: si la industria musical fuera una peli de terror, ¿qué tipo de terror sería? ¿El del monstruo que te persigue desde fuera, o el de darte cuenta, demasiado tarde, de que el monstruo ya vive dentro de ti?
Yo creo que la industria musical es la que dirige la peli directamente. Es el director de la película, y nunca mejor dicho lo de película. No hay aquí monstruos que te persiguen ni monstruos que viven dentro de ti: hay una señora industria que es la directora, la que toma todas las decisiones y la que tiene a los actores, a los figurantes, a los que hacen de atrezo, totalmente dependientes de ella. Esa es mi reflexión.








