LUIS DAMORA en CASA EN LLAMAS

Tiempo estimado de lectura: 9 minutos

Hablar hoy de cultura club implica hablar también de contradicciones: autenticidad y marca personal, comunidad y capital simbólico, emoción y estrategia. Pocas escenas han escapado a esa transformación. Luis Damora —DJ, selector y figura con recorrido entre Madrid, Londres, Miami y otras geografías del circuito electrónico— ha vivido varias mutaciones de la noche desde dentro, desde los años en salas como Circus o Space of Sound hasta el ecosistema hiperconectado, estetizado y algorítmico actual.

En la entrevista, Damora reflexiona sobre el underground, la pérdida del factor sorpresa, la creciente profesionalización de la identidad artística y las tensiones entre profundidad musical, visibilidad y discurso cultural. Sin nostalgia fácil, pero tampoco sin ingenuidad, su mirada atraviesa algunas de las preguntas incómodas que hoy sobrevuelan la escena: ¿sigue existiendo un underground genuino o se ha convertido también en una forma de distinción social? ¿La crítica cultural aún tiene espacio o todo funciona bajo lógicas de relaciones públicas? ¿Qué ocurre cuando el DJ deja de hablar principalmente a través de la música?

Conversamos con él sobre la memoria de la pista, los cambios en la cultura de club y lo que permanece —o resiste— cuando todo lo demás parece acelerarse.

 

En el libro GÉNESIS, Alberto Sola y Pablo Ferrer plantean la reconstrucción de la escena valenciana post-Ruta casi como una sofisticación cultural necesaria: una escena más conectada con el underground internacional, más curada y más consciente de sí misma. Pero visto desde hoy, también da la sensación de que ahí empieza a construirse otra cosa: escenas cada vez más cerradas, muy pendientes de la legitimidad cultural, del relato y de cierta superioridad estética. ¿Crees que parte del underground terminó convirtiéndose también en una forma de distinción social y perdiendo, a su vez, irónicamente, lo GENuino del underground?

Creo que en algunos casos sí. El underground nació como un espacio de libertad, de búsqueda, de descubrimiento y de comunidad. Era un lugar donde la música estaba por encima de todo. Con el tiempo, algunas escenas fueron desarrollando sus propios códigos culturales, algo natural cuando una cultura madura. El problema aparece cuando esos códigos se convierten en barreras de acceso o en herramientas de diferenciación social.

Hay momentos en los que ciertas escenas parecen más preocupadas por demostrar que son underground que por serlo realmente. Cuando la legitimidad cultural se convierte en un objetivo en sí mismo, existe el riesgo de perder la espontaneidad y la apertura que hicieron valioso al underground en primer lugar.

¿Esta situación de Valencia es comparable con Madrid? ¿Qué recuerdas de aquella época de Madrid en salas como Circus o Space of Sound y cómo ha cambiado todo desde entonces?

Cada ciudad tiene su historia, pero sí veo paralelismos. Madrid siempre tuvo una energía muy especial porque convivían muchas escenas distintas al mismo tiempo. Recuerdo una época donde la experiencia estaba mucho más centrada en la pista, en la música y en el encuentro humano. Había una sensación de descubrimiento constante.

Hoy la escena es mucho más global y conectada, lo cual tiene ventajas enormes, pero también ha homogeneizado ciertos comportamientos. Antes podías identificar claramente la personalidad de una ciudad o de una sala. Ahora muchas veces los códigos visuales, musicales e incluso comunicativos son bastante similares en cualquier parte del mundo.

¿Qué se perdió de la cultura club de los 90 y 2000 que hoy echas de menos?

Echo de menos el factor sorpresa. La sensación de llegar a una sala sin saber exactamente qué iba a ocurrir. También la paciencia para descubrir música.

Antes una sesión podía construirse durante horas. Hoy vivimos en una cultura mucho más inmediata. No creo que todo tiempo pasado fuera mejor, pero sí había una capacidad de atención diferente que permitía experiencias más profundas.

¿Tienes la sensación de que hoy muchas carreras dentro de la cultura de club dependen menos de la profundidad musical y más de saber capitalizar relaciones, tendencias, discursos y visibilidad?

La música sigue siendo fundamental, pero sería ingenuo negar que hoy existen más variables. La visibilidad, la comunicación y la construcción de marca tienen un peso enorme.

Lo ideal sería que todas esas herramientas amplificaran una propuesta artística sólida. El problema surge cuando la estrategia sustituye al contenido. A largo plazo sigo pensando que la profundidad artística es lo único que realmente sostiene una carrera.

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¿Crees, como comentaba recientemente Rick Beato, que la sensación actual de que todo parece tan falso es que ha desaparecido la clase trabajadora del negocio musical, del arte, cine, etc.?

Creo que parte de esa percepción tiene que ver con que hoy vemos constantemente los mecanismos detrás de la industria. Las redes han eliminado gran parte del misterio.

También es cierto que el acceso a determinadas carreras creativas resulta cada vez más complejo para personas sin recursos económicos o sin una red previa de apoyo. Eso puede generar una menor diversidad de perspectivas. Cuando una cultura pierde diversidad social, inevitablemente pierde parte de su autenticidad.

Antes un DJ podía construirse casi desde la sombra… ¿Qué se pierde cuando la figura del DJ deja de sostenerse principalmente en la música?

Se pierde misterio y se pierde foco. El DJ nació como alguien que hablaba principalmente a través de los discos.

Entiendo perfectamente la necesidad actual de comunicar y de construir una presencia pública, porque el entorno ha cambiado. Lo importante es que la comunicación siga siendo una consecuencia de la música y no al revés.

¿Crees que la cultura de club se ha intelectualizado y estetizado en exceso?

En algunos sectores sí. Hay momentos donde parece que hablamos más de conceptos alrededor de la música que de la experiencia musical en sí misma.

La reflexión cultural es positiva y necesaria. Lo que me preocupa es cuando la teoría sustituye a la emoción. Una pista de baile no necesita una tesis para funcionar. Necesita verdad, conexión y buena música.

¿Compartes la percepción de que gran parte de la comunicación cultural contemporánea funciona más como relaciones públicas que como pensamiento crítico?

A veces sí. Vivimos en un ecosistema muy interconectado donde muchas personas dependen profesionalmente unas de otras. Eso puede dificultar determinadas conversaciones.

Creo que el pensamiento crítico sigue existiendo, pero cada vez es más difícil encontrar espacios donde pueda desarrollarse sin que todo se interprete como un ataque personal.

¿Crees que producir y poner la carne en el asador dentro de la cultura de club ha perdido sentido hoy?

No lo creo. De hecho, pienso que sigue siendo lo único que realmente permanece. Las tendencias cambian, las plataformas cambian y los algoritmos cambian.

Lo que queda es la obra. La música sigue siendo el centro de todo para quienes aman realmente esta cultura.

¿Dónde te sitúas tú dentro de esta transformación?

Intento mantener una posición equilibrada. Entiendo que el mundo cambia y trato de adaptarme a muchas de esas transformaciones. Pero también procuro conservar ciertos valores que me acompañan desde el principio: respeto por la música, honestidad artística y conexión con la pista.

No me siento fuera de la escena, pero sí observo algunas dinámicas actuales con una mirada más crítica que cuando era joven.

¿Las redes sociales han ayudado a conectar escenas o han creado burbujas musicales?

Han hecho ambas cosas.

Han permitido que artistas de cualquier parte del mundo puedan conectar y colaborar de formas impensables hace veinte años. Pero también han favorecido la creación de nichos muy cerrados donde muchas veces se consume siempre lo mismo.

¿Sientes que hoy muchos artistas tienen miedo a salirse de una etiqueta?

Sí, porque los algoritmos premian la coherencia y castigan la ambigüedad. Sin embargo, la evolución artística suele ocurrir precisamente cuando uno se atreve a explorar territorios nuevos.

Las mejores carreras que admiro son las que han sabido evolucionar sin perder identidad.

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¿Notas diferencias entre Madrid, Londres o Miami?

Sí. Londres sigue siendo una de las ciudades más diversas musicalmente del mundo. Madrid tiene una enorme pasión por la música y una comunidad muy sólida. Miami posee una dimensión internacional muy marcada y una relación muy fuerte con la industria global.

Cada ciudad aporta una energía distinta y eso es precisamente lo que hace interesante a la cultura de club.

Como selector musical, ¿cómo te enfrentas a esta paradoja entre lo muy vendido y lo realmente profundo?

Intento escuchar sin prejuicios. No me interesa si una canción es popular o desconocida. Me interesa si transmite algo.

Cuando preparo una sesión busco emoción, narrativa y personalidad. Al final la pista responde a la autenticidad mucho más de lo que solemos pensar.

¿Hay algún momento de tu carrera en el que pensaste en dejarlo todo?

Sí, como le ocurre a muchísimos artistas después de muchos años de recorrido. Hay etapas de desgaste, de dudas y de frustración.

Pero con el tiempo entendí que mi relación con la música va mucho más allá de una carrera profesional. La música forma parte de quién soy. Por eso siempre termino encontrando motivos para seguir adelante.

¿Qué sigue motivándote después de tantos años dentro de la escena?

La misma sensación que tenía cuando descubrí esta música por primera vez: la posibilidad de emocionar a alguien.

Sigo sintiendo una enorme curiosidad por aprender, descubrir sonidos nuevos y seguir creciendo como artista. Mientras exista esa curiosidad y mientras la música siga generando conexión entre las personas, seguiré sintiendo que merece la pena.

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Alejandro Serrano

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