CASA EN LLAMAS: Apuntes de un mundo cultural en colapso
Tiempo estimado de lectura: 6 minutos
Do you want to be an artist for expression? Or for status?
— Jaymie Silk
La normalidad es muchas veces una ficción sostenida colectivamente — LF
I. Trabajo y sigo siendo pobre
Hay algo profundamente desconcertante en trabajar todos los días, en cualquier ámbito en general, pero en la cultura en particular, y seguir siendo pobre con una consistencia absoluta.
No pobre en el sentido romántico, que es el único tipo de pobreza que la cultura tolera porque luego puede convertirse en narrativa. Pobre en el sentido literal. En el sentido de calcular si puedes permitirte enfermar o calcular cuántas tortillas puedes hacer a la semana. Es decir, posponer decisiones básicas indefinidamente, como si sobrevivir fuera el nuevo vivir.
Y no se trata de falta de actividad. Seguro que nunca has hecho tantas cosas. Nunca has producido tanto. Nunca has estado tan presente, tan disponible, tan dispuesto a contribuir.
Publicas. Colaboras. Asistes. Apoyas.
Construyes. Y lo peor de todo, construyes con tus ahorros.
La cultura contemporánea utiliza constantemente el verbo construir, en parte porque casi nadie puede permitirse vivir dentro de lo construido.
Esto no es, o no parece, una fase transitoria. Es una condición estructural.
Nos hemos acostumbrado a vivir en una distopía funcional. Pero mientras podamos viajar, aunque sea de la forma más precaria posible, o podamos comer de vez en cuando en un restaurante que hace bandera de “lo típico de aquí”, a precio de “fuera de aquí”, o podamos compartir nuestras opiniones polarizadas con la seguridad de un experto en cualquier cosa, todo parece estar bien.

II. La cultura como sistema cerrado
Carlo Padial describió la cultura española como un cortijo andaluz en su podcast MediaOffline. En Valencia se ajustaría más a la de un casal faller. La imagen resulta incómoda porque describe una estructura donde el acceso no es completamente abierto, y donde la proximidad al centro determina quién puede permanecer, decidir y ser escuchado.
No hay conspiraciones visibles. No hay decisiones anunciadas. Lo que hay es continuidad, y alcohol. Mucho alcohol para aguantar y gestionar la incomodidad que supone cualquier evento cultural.
Las mismas personas validándose mutuamente. Los mismos nombres circulando. Las mismas estructuras reproduciéndose. Porque el objetivo, al final, no es gustar, es seguir estando.
La exclusión rara vez es explícita. Nadie te dice que no perteneces. Simplemente dejan de llamarte.
Es un sistema eficiente porque no necesita expulsar a nadie.
Solo necesita esperar.
III. Homogeneización cultural
Durante años se repite la misma promesa: la estabilidad llegará después. Pero el después no llega. Lo que llega es la normalización de la inestabilidad.
En algún momento, sin que nadie lo anuncie, la cultura dejó de ser principalmente una práctica para convertirse en un flujo constante de contenido. Y el contenido no necesita que estés bien. No necesita que puedas pagar un alquiler. No necesita que tengas descanso. No necesita que tengas futuro.
Solo necesita que sigas produciendo.
Durante mucho tiempo no lo cuestionas. Estás demasiado ocupado intentando permanecer. Intentando no ser tú quien se quede fuera. Esto no es una contradicción. Es el diseño.
La fragilidad material de quienes producen cultura no es un efecto secundario. Es una ventaja estructural. Las personas estables producen menos. Preguntan más. Se permiten decir que no. Las personas inestables, en cambio, permanecen disponibles.
Y siempre hay alguien nuevo dispuesto a ocupar el lugar disponible. Siempre hay alguien que todavía cree que el reconocimiento se convertirá en estabilidad.
Tú también lo creíste.
A veces ocurre. Lo suficiente como para que el resto siga esperando.
La cultura contemporánea funciona sobre una materia prima renovable: personas que aún no han alcanzado su límite. Y cuando lo alcanzan, son reemplazadas sin fricción. Como si nunca hubieran estado.

Lo importante es mantener la homogeneización cultural: sin fricciones, sin aristas, donde nada dura y nada vale. Donde nada entusiasma ni molesta, manteniendo con éxito la mediocridad, lo simple y básico en todos los ámbitos. Y donde cada proyecto, cada paso, es un reinicio constante.
Leon Santana inventa y define el concepto de “basiqueo” como ese intento de moverse siempre dentro de lo validado.
El basiqueo es el arte de hacer lo básico con estilo, actitud y autenticidad.

IV. El silencio como forma de control
Criticar estas condiciones introduce una incomodidad específica. No una prohibición. Una distancia.
No hace falta censura explícita. Basta con una reducción progresiva de oportunidades, de visibilidad, de acceso. El sistema no necesita castigar. Le basta con redistribuir la atención.
No solo regula mediante el silencio, sino también mediante la imagen que proyecta de sí mismo: abierta, accesible, tolerante. Una imagen que necesita sostenerse, incluso cuando su funcionamiento cotidiano la contradice.
Se espera participación, no diagnóstico.
Se espera entusiasmo, no claridad.
En este contexto, las posiciones dejan de ser formas de pensamiento para convertirse en marcadores de seguridad o riesgo dentro del sistema.
El sistema no puede trabajar con personas. Necesita posiciones.
Las personas dudan. Las posiciones responden.
Las personas cambian. Las posiciones permanecen.
Al polarizar, no hay debate posible. Se reduce todo a bueno o malo, dentro o fuera. Y es que el diagnóstico introduce una variable peligrosa: elimina la ambigüedad que permite a las personas seguir participando sin tener que preguntarse cuánto tiempo podrán seguir haciéndolo.
Muchos entienden perfectamente el funcionamiento del sistema. Y aun así permanecen dentro. Porque señalar el problema no garantiza una alternativa.
Y quedarse fuera no ofrece ninguna protección.
El silencio no es un accidente. Es una forma de equilibrio.
Una forma de permitir que todo continúe sin que nadie tenga que admitir el coste real de esa continuidad.
V. La casa en llamas
Todo sigue funcionando.
La gente sigue publicando. Asistiendo. Participando. Construyendo.
Nada se detiene.
Nos une el pánico de vernos arder mientras seguimos ardiendo.
La estabilidad sigue siendo excepcional.
La precariedad sigue siendo estructural.
El agotamiento sigue siendo previsible.
La casa está en llamas.
Y aun así, quienes están dentro siguen moviéndose con cuidado para no molestar demasiado. Siguen trabajando. Siguen esperando. Siguen confiando en que el incendio no llegará hasta donde están, confiando en que el deterioro no puede avanzar mucho más.
Porque salir no garantiza nada, pero quedarse permite, al menos durante un tiempo más, seguir existiendo dentro.
Aunque sea mientras todo arde.

- Para más contenido friccional puedes visitar mi proyecto AQUÍ. La música suena mientras el edificio arde.






